jueves, 21 de noviembre de 2013

La soberbia, esa insoportable enfermedad.

En una persona se detecta de inmediato. No hay replica posible a sus comentarios pues se indigna, jamás admite un error y mucho menos una corrección por  más acertada y objetiva que sea. Recuerda con frecuencia sus logros e ignora los ajenos y exige se respeten sus derechos no reconociendo fácilmente obligaciones que, sostiene, son un ejercicio de autoritarismo fascista. En el tránsito de cualquier calle o ruta, en los trámites, en cualquier actividad más o menos social rige su lema :" primero yo". 
En la función pública, esos personajes son terriblemente dañinos pues usufructúan un poder  del que  no reconocen ni aceptan límites y si existen, aunque sean legales, tratara de eliminarlos. A mayor nivel de gobierno más daño hacen, destruyen las instituciones que los pueden controlar, no aceptan soluciones de consenso pues implican diálogos y lo único admisible en sus enfermizas convicciones es un monólogo, los únicos personajes siempre serán ellos y su espejo. Trágico es el escenario de las naciones que los cobijan.



No hay comentarios: