miércoles, 24 de enero de 2018

España tierra de Maria



Las últimas palabras que pronunció San Juan Pablo II, al despedirse, desde Santiago de Compostela, el 9 de noviembre de 1982, fueron: ¡Hasta siempre, España! ¡Hasta siempre, tierra de María!.

Y el gran sacerdote y periodista que fue José Luis Martín Descalzo respondía así, de forma figurada, a Juan Pablo II:

No lo sabéis bien, Santo Padre.
No sabéis bien hasta qué punto es cierto
que nuestra historia fue sembrando España
de claveles y vírgenes,
de rosas y de imágenes,
de amor y santuarios.

Fijaos bien: Si un día se perdiera
el mapa de este pueblo,
si la historia borrara el nombre de todas sus ciudades,
podría reescribirse rastreando santuarios.
Porque allí donde hubo un grupo de españoles
tuvo un templo María.
Allí donde latió un corazón, latió por Ella,
por Ella y por su Hijo,
en un único amor y diez mil nombres,
en un solo cariño y cien advocaciones.

Nacimos a sus pies en Covadonga.
En esta gruta amaneció la historia.
Ante Ti recobramos la conciencia de pueblo
y hoy gira toda Asturias en torno a su Santina,
con ternura y piropos, con devociones y lágrimas.
Tú sigues entre rocas explicándonos
que la fe es fortaleza;
tus agujas señalan el camino del cielo,
el agua de tu fuente brota sin agotarse
como el amor del alma;
Tú también nos explicas que la fe es alegría.

En Santander quisiste ser Bien Aparecida
y a un grupo de pastores les mostraste tu rostro
para ser, ya por siempre, Reina de la montaña.
Tu cuerpo es tan pequeño como una mano de hombre,
tu cara, colorada y brillante como una manzana de Cantabria,
pero tu corazón más grande que Tú misma.
Por eso pudo un Papa
nombrarte la abogada del pueblo montañés.

En Bilbao levantaste el dedo de tu torre
que señala hacia al cielo como una gran bandera.
Con tu cara de tierna Andra-mari, Begoña,
has querido ser una mujer de nuestro pueblo,
una madre-madraza para tantos dolores,
para cerrar heridas y abrir esperanzas,
para que al ver tu rostro
entendamos que somos todos por fin hermanos
y que reine el amor donde reinó la sangre.

En el espino Tú, Virgen de Aránzazu.
Aquí, entre picachos y nieblas, apareces
tan pequeña y hermosa, floreciendo
como una flor de zarza.
En el silencio de los caseríos, Tú eres la Reina.
En el cansancio de los peregrinos, eres consuelo.
En la paz, Tú eres paz, Virgen de Aránzazu.

En Vitoria eres Blanca, blanca, blanca.
Con la ciudad naciste y con la ciudad vives.
Y si alguien, algún día, te rompiera o manchara
Vitoria volvería a construir tu manto.
Porque sabe de sobra
que se puede vivir sin muchas cosas,
pero no sin tu amor, y necesita
tu blanco rostro, tu sonrisa clara,
tu blanco corazón de Virgen blanca.

Aquí, durante siglos,
han velado sus armas los reyes y vasallos.
Ante tu real imagen han cruzado la historia
Virgen de los navarros, Santa María la Real.
Y aquí seguimos hoy jurando vasallaje,
velando nuestras armas de la paz, asegurándote
que pasarán los siglos
pero nunca la fe de los navarros.

Aquí, ante tu Pilar, hemos estado
dos veces con el Papa
y un millón de veces a lo largo del tiempo y de los siglos.
Tú lo sabes muy bien. ¡Si hasta hemos horadado
a besos tu columna! ¡Si han sido ya millones
los niños que han rozado tu manto con sus besos!
Tú eres la columna de nuestra fe, Señora.
Entre rezos y jotas seguiremos cantándote
y Tú seguirás siendo, al lado de tu Hijo,
el Pilar de esta Iglesia.

Llevas ya novecientos años presidiendo estos montes,
Santa María de Torreciudad,
reflejando en las aguas azules del pantano
la vieja ermita y la torre nueva
que unen la fe de ayer y de mañana.
Aquí venimos a buscar tu sombra,
a recibir el cuerpo y el perdón de tu Hijo,
a rezar en silencio
para volver contando al mundo tu pureza
y la que Tú contagias a tus hijos, amándoles.

En Montserrat pusiste tu alto nido de águilas,
rosa de abril, morena de la sierra,
pequeña Reina de los catalanes.
En tus manos sostienes tus dos grandes tesoros:
a tu Hijo y al mundo,
los dos tesoros de tu corazón.
Por eso nuestras danzas se tejen y destejen,
ante tus pies de Madre, felices y solemnes,
porque, aunque el mundo cruja, lo sabemos,
jamás podrá caerse de tus manos.



domingo, 14 de enero de 2018

Siempre vigente

En tiempos de tanta injusticia, de tanto corrupto libre con juicios inexplicablemente lentos , de tanto octogenario privado de su libertad agonizando en Marcos Paz o Ezeiza, de tantos ¿ex? terroristas libres e indemnizados o con recordatorios en plazas o estaciones, una vez más recordemos lo desde hace siglos vigente:


 "Si eres juez, no hagas injusticias, ni en favor del pobre ni del rico. Con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lev 19,15). “Los jueces examinarán minuciosamente, y si resulta que el testigo ha dicho una mentira, acusando falsamente a su hermano, le impondrán a él la pena que pretendía imponer a su hermano. Así arrancarás el mal de en medio de ti, porque los demás al saberlo temerán y no cometerán cosas semejantes” (Dt 19, 18-20).

sábado, 13 de enero de 2018

Reconocer el bien del mal

 La pregunta que nos deberíamos hacer comenzando el año 2018 de este siglo XXI, ¿ estamos siendo capaces de distinguir el bien del mal ? ...

De Ratzinger, cuando era Benedicto XVI al finalizar su discurso ante el Bundestag, el Parlamento alemán, el 22 de Septiembre del 2011, para leer despacio :

“La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico.
Al joven rey Salomón, a la hora de asumir el poder, se le concedió lo que pedía. ¿Qué sucedería si nosotros, legisladores de hoy, se nos concediese formular una petición? ¿Qué pediríamos? Pienso que, en último término, también hoy, no podríamos desear otra cosa que un corazón dócil: la capacidad de distinguir el bien del mal, y así establecer un verdadero derecho, de servir a la justicia y la paz. Muchas gracias.”