Las últimas palabras que pronunció San Juan Pablo II, al despedirse, desde Santiago de Compostela, el 9 de noviembre de 1982, fueron: ¡Hasta siempre, España! ¡Hasta siempre, tierra de María!.
Y el gran sacerdote y periodista que fue José Luis Martín Descalzo respondía así, de forma figurada, a Juan Pablo II:
No lo sabéis bien, Santo Padre.
No sabéis bien hasta qué punto es cierto
que nuestra historia fue sembrando España
de claveles y vírgenes,
de rosas y de imágenes,
de amor y santuarios.
Fijaos bien: Si un día se perdiera
el mapa de este pueblo,
si la historia borrara el nombre de todas sus ciudades,
podría reescribirse rastreando santuarios.
Porque allí donde hubo un grupo de españoles
tuvo un templo María.
Allí donde latió un corazón, latió por Ella,
por Ella y por su Hijo,
en un único amor y diez mil nombres,
en un solo cariño y cien advocaciones.
Nacimos a sus pies en Covadonga.
En esta gruta amaneció la historia.
Ante Ti recobramos la conciencia de pueblo
y hoy gira toda Asturias en torno a su Santina,
con ternura y piropos, con devociones y lágrimas.
Tú sigues entre rocas explicándonos
que la fe es fortaleza;
tus agujas señalan el camino del cielo,
el agua de tu fuente brota sin agotarse
como el amor del alma;
Tú también nos explicas que la fe es alegría.
En Santander quisiste ser Bien Aparecida
y a un grupo de pastores les mostraste tu rostro
para ser, ya por siempre, Reina de la montaña.
Tu cuerpo es tan pequeño como una mano de hombre,
tu cara, colorada y brillante como una manzana de Cantabria,
pero tu corazón más grande que Tú misma.
Por eso pudo un Papa
nombrarte la abogada del pueblo montañés.
En Bilbao levantaste el dedo de tu torre
que señala hacia al cielo como una gran bandera.
Con tu cara de tierna Andra-mari, Begoña,
has querido ser una mujer de nuestro pueblo,
una madre-madraza para tantos dolores,
para cerrar heridas y abrir esperanzas,
para que al ver tu rostro
entendamos que somos todos por fin hermanos
y que reine el amor donde reinó la sangre.
En el espino Tú, Virgen de Aránzazu.
Aquí, entre picachos y nieblas, apareces
tan pequeña y hermosa, floreciendo
como una flor de zarza.
En el silencio de los caseríos, Tú eres la Reina.
En el cansancio de los peregrinos, eres consuelo.
En la paz, Tú eres paz, Virgen de Aránzazu.
En Vitoria eres Blanca, blanca, blanca.
Con la ciudad naciste y con la ciudad vives.
Y si alguien, algún día, te rompiera o manchara
Vitoria volvería a construir tu manto.
Porque sabe de sobra
que se puede vivir sin muchas cosas,
pero no sin tu amor, y necesita
tu blanco rostro, tu sonrisa clara,
tu blanco corazón de Virgen blanca.
Aquí, durante siglos,
han velado sus armas los reyes y vasallos.
Ante tu real imagen han cruzado la historia
Virgen de los navarros, Santa María la Real.
Y aquí seguimos hoy jurando vasallaje,
velando nuestras armas de la paz, asegurándote
que pasarán los siglos
pero nunca la fe de los navarros.
Aquí, ante tu Pilar, hemos estado
dos veces con el Papa
y un millón de veces a lo largo del tiempo y de los siglos.
Tú lo sabes muy bien. ¡Si hasta hemos horadado
a besos tu columna! ¡Si han sido ya millones
los niños que han rozado tu manto con sus besos!
Tú eres la columna de nuestra fe, Señora.
Entre rezos y jotas seguiremos cantándote
y Tú seguirás siendo, al lado de tu Hijo,
el Pilar de esta Iglesia.
Llevas ya novecientos años presidiendo estos montes,
Santa María de Torreciudad,
reflejando en las aguas azules del pantano
la vieja ermita y la torre nueva
que unen la fe de ayer y de mañana.
Aquí venimos a buscar tu sombra,
a recibir el cuerpo y el perdón de tu Hijo,
a rezar en silencio
para volver contando al mundo tu pureza
y la que Tú contagias a tus hijos, amándoles.
En Montserrat pusiste tu alto nido de águilas,
rosa de abril, morena de la sierra,
pequeña Reina de los catalanes.
En tus manos sostienes tus dos grandes tesoros:
a tu Hijo y al mundo,
los dos tesoros de tu corazón.
Por eso nuestras danzas se tejen y destejen,
ante tus pies de Madre, felices y solemnes,
porque, aunque el mundo cruja, lo sabemos,
jamás podrá caerse de tus manos.

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