Hoy, luego de releer, paladear en realidad, como una comida delicada, algunos de esos cuentos fantásticos que reconcilian la imaginación y el descanso, recordaba ese Nobel de Literatura, del cual Borges fue el constante desairado.
Quizás, si hubiera sido visitante ilustre de algún personaje más o menos rebelde incluso terrorista, el Nobel hubiera sido suyo. Historias, amargas historietas, de una intelectualidad dispensadora de premios con complejos de culpa apenas disimulados...

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