Amigos, con estas publicaciones, algunas veces diarias, otras, cuando surja el tema, o las ganas, o el tiempo, solo pretendo compartir ideas, algunos escritos propios, transcripciones, citas. Si de algo les sirven, bienvenido sea, siempre serán, para mi una manera de ejercitar la imaginación y el interés por temas que van apareciendo, a veces naturalmente, otras, debido a una frecuentemente angustiosa realidad.
viernes, 17 de mayo de 2013
Nuevamente Chesterton, sobre la alegría, al finalizar su libro "Ortodoxia".
La alegría, que fue la pequeña publicidad del pagano, es el secreto gigantesco del Cristianismo. Y al cerrar este volumen caótico, vuelvo a abrir el extraño librito del cual vino todo el Cristianismo; y otra vez me ronda una especie de confirmación. La figura tremenda que respecto a ésto y a todo lo demás, llena las torres del Evangelio, por encima de todos los pensadores que se creyeron grandes. Su patetismo fue natural; casi fortuito. Los Estoicos antiguos y modernos se enorgullecieron de ocultar sus lágrimas. Él, nunca ocultó sus lágrimas; abiertamente las mostró en su rostro accesible a todas las miradas cotidianas tanto como a la remota mirada de su ciudad natal. No obstante, escondió algo. Los superhombres y los diplomáticos imperiales se enorgullecieron de refrenar su ira. Él, nunca refrenó su ira. Derribó las mesas por la escalinata del Templo y preguntó a los hombres cómo esperaban librarse de la condenación del infierno. No obstante, Él refrenó algo. Lo digo con reverencia; en esa personalidad violenta había un rasgo qué debe ser timidez. Hubo en Él algo que escondió a todos los hombres cuando subió a orar en la montaña. Había algo que constantemente ocultó con un silencio repentino, o con un impetuoso aislamiento. Cuando caminó sobre nuestra tierra, había en Él algo demasiado grande para que Dios nos lo mostrara; y algunas veces imaginé que era Su alegría.
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