miércoles, 11 de diciembre de 2013

Mi hermano Luis Alberto.

El había nacido en 1929, yo, el menor, en 1939. Diez años de diferencia son muchos especialmente  cuando va transcurriendo la niñez y la adolescencia, las vías de comunicación son aún estrechas, los intereses, las compañías son muy diferentes. Cuando ya fui adulto, inclusive en la primer juventud, ya a los 20  años, yo navegaba, marino de profesión vivía entre puertos y puertos, mi hermano escribía;  de hecho el también navegaba y navego feliz entre libros y escritos que el amaba. 
Místico escondido detrás de esos libros y escritos, poeta, amante de las tertulias, estilo bien español por cierto, en reuniones de café con otros andariegos de las letras con similares gustos y amores, bohemio al fin.
Con el tiempo comencé a leer sus libros y su columna en el diario Clarín donde describía los "Techos de Buenos Aires" y no podía ser de otro modo, de tanto mirar hacia arriba, se enamoró de ellos : un párrafo de uno de los textos habla por sí solo , "La inmovilidad de la piedra ha sido vencida por el hombre al esculpir las cariátides que se enlazan a los techos. Los ojos y las caras están vueltos hacia el cielo, y su color es el de la lluvia o el sol; la luminosidad de las tardes las torna porosas, dibuja cacerías, conos de sombras” (Techos de Buenos Aires, pág.13, Torres Agüero, 1988). 
Falleció en el 2002 dejando cuatro hijos, Luis Mariano, Alejandra, Pablo Damián y Jimena. 
Hoy, ya ido mi hermano a ese país tan soñado donde Dios lo recibió seguramente pues vivió  amando y sufriendo mucho y, como decía San Juan de la Cruz,  " por la tarde te examinaran en el amor ", desde tantos años después quiero recordarle con estas breves líneas para que lo conozcan y quizás deseen leer alguno de sus libros y, si lo consiguen, probablemente el, desde donde esta, esbozara esa triste sonrisa que lo caracterizaba. Es una manera de restituir la memoria de un escritor olvidado, ciertamente no uno más, entre tanto olvido de este alicaído país. 

Publico con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes el libro de cuentos Crónica de la Revelación al que se le otorgó el premio "Horacio Quiroga". Uno de los cuentos incluido en este libro "La Noche Alucinante", obtuvo el Primer Premio en el concurso de "La Peña Argentina", otorgado por un jurado compuesto por Jorge Luís Borges, Estela Canto, Manuel Mujica Láinez, Augusto Mario Delfino y José Luís Lanuza.
Edito posteriormente el libro de cuentos "Las oscuras hazañas " y otro volumen sobre la ciudad integrado por textos poéticos : "Techos de Buenos Aires", Premio Municipal de Ensayo "Ricardo Rojas", luego se publicaron sus libros de cuentos "El Cielo de los Solitarios", distinguido en el Certamen Nacional de Literatura y "La Quieta Luz del Jardín" que mereció el Primer Premio de la Municipalidad de Buenos Aires cuento y novela, Premio Especial Ricardo Rojas . Mereció también el premio Latinoamericano de cuentos, organizado por el Estado de Puebla, México, cuyo jurado estaba formado por Juan Rulfo, Juan José Arreola y Edmundo Valadés. 
Otros libros suyos fueron "En el Reino" (1987), "Archipiélago soledad viva" (1987), "Días Naturalmente mágicos" (1991), "El Paisaje de la Memoria" (1992), "Brilla la cercana luz"(1992), "El hueco del azar" (1994),

Durante muchos años tuvo un programa sobre Literatura en Radio Municipal. Allí le conoció en 1980, según el mismo comenta, Eduardo Balestena, escritor marplatense, quien recordando a Luis Alberto, nos dice:

"Rehuyó el mundillo literario, los cenáculos, la búsqueda de notoriedad, y todo cuanto juzgó superficial, pero siempre se prodigó a sus amigos. Ese mundillo, ávidamente transitado por quienes terminan institucionalizando a la mediocridad y marginando a la verdadera literatura no podía ser nunca su meta."

Y termina escribiendo con admirable claridad y poesía: 

" ...El escritor que recorrió Buenos Aires en busca de sus sitios enigmáticos, no mereció una línea, y eso también, como su literatura, es un símbolo.
“El injusto país del olvido”, como dice Antonio Requeni, sin saberlo, se empobrece por el solo hecho de olvidar, y por el de reverenciar lo que es olvidable.
La lectura del mundo como un vasto jeroglífico, es acaso una de las mejores lecturas posibles, aunque se encuentre reñida con un mundo tan veloz y superficial, tan frío e indiferente, y al mismo tiempo capaz de contener aquellas otras claves que los exiliados nunca debemos dejar de reconocer.
Nuestra vida es acaso como la de los techos, abiertos a lo alto, sujetos a las inclemencias, vinculados al suelo, y que en la noche, bajo la luz de las estrellas, brillan por un momento, en una fracción cuando se abre una puerta, para ser absorbidos por la oscuridad cuando la puerta (la vida, nuestro ciclo, esa quieta luz que nos visita un instante) se cierra. En lo ínfimo, en el breve momento, se revela una presencia, y sabemos que siempre estará allí, como los libros dedicados y atesorados que terminan por ser, con los recuerdos entrañables, lo que queda de una profunda amistad.
Como uno de los epígrafes de La quieta luz del jardín podemos leer:
“El hombre sólo vive un día. ¿Qué es el hombre, que no es? El hombre no es más que la sombra de un sueño. Pero cuando Zeus le concede la gloria sagrada, una brillante luz, un rayo de alegría ilumina su vida” (Pítica octava, Píndaro)
La conciencia del escritor es a la vez una revelación, la de que vive para captar el fugaz momento en el que la brillante luz nos alumbra, y da sentido a nuestra vida y a nuestra escritura, que son lo mismo.
La luz brillará, efímera pero incesante, en lo que hemos dejado, y lo hará por la entrega con que hayamos arrancado nuestras palabras al silencio."

Con todo cariño te recuerda tu hermano menor, Gonzalo.



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